Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Seguimos penetrando en el misterio divino de Cristo. Hoy nos dice: “Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.” Vivir siempre es una de las aspiraciones más hondamente sentidas por todos. Y con estas palabras Jesús nos dice que esa aspiración la veremos cumplida, si guardamos su palabra. Aquellos judíos se escandalizaron al oír esto, y le acusaban de endemoniado: “Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: «Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre»?... Nosotros, por el contrario, al oírlo, ¿no sentimos que el corazón se ensancha y brinca de gozo? Porque el Señor nos anuncia la victoria de la vida sobre la muerte. Nosotros creemos que Jesús, muriendo en cruz, ha vencido a la muerte y nos ha ganado la vida para siempre. La muerte –a la que tanto tememos- ya no será destrucción, ladrona de la vida; será la que nos abrirá la puerta para ir a la casa del Padre, donde él nos espera con los brazos abiertos. Gracias, Señor.
2. Ayer Jesús hablaba de libertad. Acoger la palabra y permanecer en ella nos lleva a conocer la verdad, y la verdad nos hace libres de la esclavitud del pecado. Hoy nos dice que quien acoge su palabra y cree en él, porque nos libera del pecado, nos hace hijos de Dios, y nos da la vida en plenitud, una vida que no conoce fin: “no conocerá la muerte para siempre”. Para el que cree en Cristo la muerte física no interrumpe la vida ni es experiencia de destrucción. Acoger la palabra, meditarla en el corazón y cumplirla en nuestra vida. Creer en Cristo, que es Dios y, por tanto, dueño de la vida y de la muerte. Creer en Cristo y aceptarlo como razón de de ser de nuestra vida. Es lo que no querían aceptar sus enemigos. Se creían herederos de Abraham y de su fe; pero Abraham y los profetas son lo que son porque creyeron e hicieron vida la palabra que recibieron de Dios. Tus contradictores, Señor, conocían la palabra de Dios, pero no la cumplían, no la hacían vida. Señor, que nosotros te conozcamos a ti y guardemos tu palabra, que la hagamos vida, que vivamos lo que creemos. Así “no sabremos lo que es morir para siempre.”
3. Creer en Cristo, creer su palabra. Y creer aun en la oscuridad, como Abraham. Era anciano, y anciana y estéril su mujer; pero, ante la llamada de Dios, “cayó de bruces, y Dios le dijo: Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos.” Abraham lo creyó. Y Dios cumplió su pacto. Señor, a veces resulta duro creer, guardar tu palabra. Pero yo quiero caer de bruces ante ti; yo creo en tu promesa de que “quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.” La fe de Abraham no quedó defraudada. Y nosotros, después de verte dar la vida para que tengamos vida, ¿dudaremos de tu promesa? Señor, yo creo, pero ven en ayuda de mi fe. Fortalécela. Auméntala.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.