Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los sumos sacerdotes y los fariseos rechazan a Jesús. Sin embargo, hay gente del pueblo que piensan que puede ser el Mesías. ¡Cómo ciegan el corazón el orgullo, los prejuicios y los intereses personales! Y a conocer a Dios sólo se llega desde la humildad. Sólo el que se despoja de la autosuficiencia y se deja conducir por el Espíritu lo logra. Los sabios y entendidos no descubren en Jesús al Mesías. Más, intentan desprestigiarle y tienen planes homicidas contra él. Lo de Jeremías: “Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra vital, que su nombre no se pronuncie más.”(1ª lectura). Pero los de corazón sencillo, abierto y sin prejuicios, descubren la mano de Dios en las obras que hace, y escuchan a Dios en sus palabras. Hasta los guardias del templo que han sido enviados a prenderlo, han quedado tan fascinados por sus enseñanzas y su personalidad que no se han atrevido a detenerlo y confiesan con admiración: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. Señor, danos un corazón humilde, sencillo, siempre abierto a tu palabra de salvación, aunque nos a veces nos parezcan duras.
2. Nicodemo, el que en otra ocasión fue a ver a Jesús por la noche para que no lo vieran pues temía a los judíos, ahora se pone abiertamente de su parte, y denuncia la injusticia que están tramando: “¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?” Pero a ellos no les importa la justicia, sino vengarse de Jesús. Por eso, cuando la ley estorbe a sus intereses, prescindirán de ella. De hecho en nombre de la ley crucificarán a Jesús... Buen ejemplo el de Nicodemo para nosotros. En esta sociedad tan descreída no es fácil, a veces, ponerse de parte de Cristo. Nos da miedo que nos señalen con el dedo y nos tomen por crédulos ridículos. Como a Nicodemo, a quien sus compañeros tratan de ignorante y lo ridiculizan: “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.” ¿No es lo que intentan hacer hoy con los cristianos? Como argumento supremo esgrimen la cultura y la ciencia: “¿Aún sigues creyendo en eso?; ¿no te has enterado de por dónde va la ciencia hoy, de que estamos en el siglo XXI?” Y desgraciadamente ante críticas así, hay muchos que sucumben. Señor, danos un corazón generoso, grande, valiente, que no se avergüence de ti ante nadie. Que demos valientemente testimonio de ti, aunque no nos comprendan.
3. A lo largo de la historia, ante Cristo todos han tomado y toman partido. Unos lo rechazan; otros lo aceptan y siguen, y algunos le aman locamente. Señor, nosotros hemos creído en ti. Y queremos amarte con todo nuestro corazón. En los días que quedan para la Pascua vamos a contemplarte amándonos hasta entregar la vida. Que nos dejemos ganar por tu amor. Que nos duela tanto desamor hacia ti como hay en el mundo, como dolía a San Francisco de Asís, el gran enamorado del crucificado, que lloraba y gritaba su pena por tanto desamor: “¡El amor no es amado, el amor no es amado!,” decía. Que todos los hombres, Señor, te descubramos como nuestro Dios y Señor, como el que tanto nos ha amado y nos ama.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.