Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. En la curación de hoy es Jesús el que toma la iniciativa. El enfermo no pide nada. Simplemente está allí, en su camilla, esperando que alguien tenga compasión de él y le ayude sumergirse en las aguas medicinales. Jesús le mira. Y como el amor ve muy hondamente, comprende la angustia de aquel hombre, ya desesperanzado, pues lleva 38 años esperando la curación, y no ha llegado. Se le acerca y le dice: "¿Quieres quedar sano?" Como tantas veces, Jesús ofreciendo la liberación al que sufre y necesita ayuda. El respeta la libertad, sólo ofrece... Cuando voy por la vida, ¿sé mirar a los que sufren, con amor y misericordia?; ¿me intereso por ellos, o soy de los que, ante el necesitado, el que sufre –enfermos, emigrantes, los tratados injustamente, ect.- desvían la mirada y siguen adelante, por temor a complicarse la vida?
2. Aquel enfermo quiere ser curado, tiene voluntad de curación; pero no puede valerse por sí solo. Necesita ayuda para sumergirse en las aguas saludables de la piscina, y nadie se la ha dado: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado." Y es entonces cuando Jesús le dice: "Levántate, toma tu camilla y echa a andar." No es el agua de la piscina la que sana al enfermo: es Jesús, es el agua de su palabra la que hace posible lo que antes le era imposible: valerse por sí mismo y reincorporarse a la vida de la comunidad... Nosotros –y la humanidad entera- somos este hombre impotente y necesitado de la ayuda de alguien. En la cuaresma deseamos y buscamos la conversión, cambiar de vida, liberarnos de nuestras esclavitudes y pecados. Jesús también se nos acerca y nos dice: “¿Quieres quedar sano?” ¿Quieres que cure esa “parálisis” espiritual que te impide sumergirte en las aguas de la conversión? Señor, yo quiero; pero ya ves, que no puedo, que no soy capaz de ir más allá del deseo y los buenos propósitos. Más aún, Señor: A veces, hasta temo ser sanado, porque ¿sabré vivir sin las satisfacciones que me proporcionan los “dioses”, en los que he puesto mi confianza y mi felicidad, y me esclavizan? Pero a pesar de mis miedos, Señor, dime tu palabra eficaz: "Levántate, toma tu camilla y echa a andar."
3. “Y al momento, el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar” Y comenzó una vida nueva, libre de su impotencia, y de sufrimiento. Pero hubo quienes no supieron ver la acción del amor de Dios en la curación de aquel hombre. Y los que lo han visto sufriendo en la camilla durante 38 años y no han hecho nada para ayudarle, ahora se escandalizan de que cargue con la camilla en sábado. Y por ello intensifican el acoso a Jesús. Eran los de siempre, los “buenos cumplidores.” No hacen el bien, y les molesta que Jesús lo haga. ¿No ocurre algo así hoy? Cuando alguien comienza a caminar por los caminos del evangelio, de una vida nueva no rutinaria, de más amor y entrega, hay muchos que se sienten incómodos. Y es que, en vez de ver la obra de Dios en el cambio del hermano y el bien que hace, nos empeñamos en ver orgullo, ganas de dar lecciones a los demás, etc. ¿Estamos nosotros entre éstos? Señor, que vea la obra de tu amor en el cambio de mi hermano. Y que te alabe y bendiga por ello.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.