Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Para entender mejor el evangelio de hoy, recordemos el contexto: a los paisanos de Jesús han llegado noticias de lo que éste anda predicando y de los milagros que hace. Ahora ha vuelto a su pueblo, y en la sinagoga, se aplica a sí mismo unas palabras de Isaías sobre el Mesías, en las que dice que él ha sido enviado para “anunciar el Evangelio a los pobres, a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; y dar libertad a los oprimidos”. Este proyecto de Jesús de acoger y entregarse a los excluidos de aquella sociedad, chocó con la mentalidad de sus paisanos, que esperaban un Mesías poderoso que salvaría sólo a los judíos. Y como a Jesús lo conocían desde siempre, así como a su familia, y era uno más de ellos, se preguntan qué autoridad puede tener. Por eso, no creen que Dios hable por medio de él, es decir, que sea el Mesías. A veces ¿no razonamos así nosotros? ¡Cuánto nos cuesta aceptar la llamada de Dios que nos llega a través del consejo, de la predicación, de la vida, etc., de uno como nosotros, como puede ser un amigo, un sacerdote que no nos cae bien, un compañero o miembro del grupo o de la comunidad...! Señor, hazme sensible a tus llamadas. Que vea y acoja con corazón sencillo y humilde lo que me dices a través de los demás. Que no desaproveche ninguna oportunidad para convertirme a ti, como la desaprovecharon tus paisanos, cuando la misericordia de Dios les visitó en tu persona.
2. Jesús, ante esta actitud de sus paisanos, les echa en cara que no acojan su mensaje, y que para ello se escuden en que no hace entre ellos los milagros que esperan que haga, como ha hecho en otras partes. Les dice: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». Y les recordó lo ocurrido en tiempos de Elías y Eliseo: de las muchas viudas y de los muchos leprosos que había en Israel, sólo dos personas no judías precisamente sino paganas, (la viuda de Sarepta y el leproso Naamán el sirio) fueron favorecidos con sendos milagros de Elías y Eliseo. Con esto Jesús denunciaba el orgullo de sus paisanos. Ellos no tienen –como creían- más derecho que otros a sus milagros y a la salvación de Dios. El no ha venido sólo para los judíos, sino para salvar a todos, sean judíos o paganos. Lo importante no es ser judío o pagado, sino la fe y el deseo de ser salvados. Y esto es lo que les falta a sus paisanos. Este reproche los irritó tanto que quisieron despeñarlo. Nosotros ¿no reaccionamos de manera parecida, cuando Dios no se pliega a nuestras exigencias, o las exigencias del evangelio no coinciden con la idea que nos hemos formado de la religión, o vemos denunciados pecados que no queremos reconocer, como el fariseísmo hipócrita, el egoísmo acaparador, la insolidaridad...? Nos da miedo la llamada del Señor a la conversión, y buscamos excusas para acallar su voz. Señor, que escuche siempre tu Palabra como palabra de salvación.
3. “Pero Jesús, pasando por medio de ellos, se marchó.” Así termina este encuentro con sus paisanos: La misericordia y la salvación de Dios les ha visitado en Jesús, pero ellos no le abrieron el corazón. Y Jesús se marchó a otros pueblos. Es lo que puede ocurrir, cuando nosotros nos negarnos una y otra vez a acoger las llamadas del Señor: que él se marche, se aleje, y que nuestro corazón se vaya endureciendo cada vez más, y lleguemos a formar parte del grupo de los “alejados”. Señor, estamos casi a la mitad de la cuaresma. Estoy escuchado tus constantes llamadas a la conversión: que rompa con esto o aquello; que sea más generoso y más acogedor con éste o aquél, etc. Pero me da miedo escuchar tus exigencias y abrirte la puerta de mi vida. Sin embargo, Señor, hoy te pido que no te marches. Insiste en tus llamadas hasta que te abra, que si tú te alejas ¿qué será de mí?
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.