Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Para muchos mirar atrás y ver su vida tan empecatada es motivo de tristeza y desánimo. Al pueblo de Israel abatido por su pasado trata de levantarle el ánimo Isaías, diciéndole que para Dios lo importante no es el pasado, sino el futuro que tiene delante: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” Esas palabras nos las dice hoy la Liturgia a nosotros. Somos pecadores. Muchas veces el pecado nos ha hecho y nos hace morder el polvo. Pero siempre podemos ponernos en pie y echar a andar de nuevo. El Señor siempre puede abrir caminos en el desierto de nuestra vida y hacer brotar ríos en el yermo de nuestro corazón. Pero sobre todo, siempre podemos contar con su perdón generoso: “Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados.” Gracias, Señor, por tu gran bondad. ¡Cómo levanta mi ánimo tu Palabra! Y si tú no te acuerdas de mis pecados, ¿cómo puedo yo ir por la vida, recordándole y echando en cara al hermano sus pecados de ayer? Que te mire a ti borrando y olvidando los míos, y aprenda a hacer lo mismo con el pecado de mi hermano.
2. El evangelio de hoy nos presenta a Jesús –el Mesías de Dios- perdonando los pecados. Ha vuelto a Cafarnaúm, y, apenas se entera la gente, acuden en tropel para escucharle. Acuden también cuatro hombres con un paralítico. Pero no es fácil llegar hasta Jesús. Es tanta la gente que no hay manera de entrar en la casa. Entonces abren un boquete en el tejado y descuelgan la camilla con el paralítico. Y “viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: `Hijo, tus pecados quedan perdonados.” ¡Qué decepción! Ellos buscan la salud. Parece que lo lógico hubiera sido que Jesús dijera: “Hijo, quedas curado.” Pero no. Jesús dice al paralítico que quedan perdonados sus pecados. Estas palabras decepcionan al enfermo y a sus amigos, y escandalizan a los escribas, que piensan que Jesús es un impostor blasfemo, pues se atribuye poderes que son exclusivos de Dios: “¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?”, piensan. ¡Qué ruin corazón el de aquéllos, Señor! Dios ofrece su perdón por medio de tu persona, y ellos no se alegran, se escandalizan. Hubieran aceptado más fácilmente que curaras al enfermo. ¿A veces nosotros no sentimos también defraudados porque las acciones de Dios no son las que esperamos?
3. ¿Por qué obró así Jesús? La enfermedad y los defectos físicos eran tenidos por los judíos como castigos de Dios por algún pecado. Por eso, la persona enferma era impura, y no podía acercarse a Dios. De ahí que los enfermos, los pobres, los paralíticos, etc. se sintieran rechazados por Dios: Dios no los amaba –pensaban-. Jesús piensa de otra manera: ellos eran los preferidos de Dios. Por eso, Jesús los acoge y los ama y los cura. Y, al decir al paralítico “tus pecado quedan perdonados”, Jesús le dice que Dios no lo rechaza, que no lo ha castigado, que su parálisis no es un castigo de Dios por sus pecados. Y a los escribas que se han escandalizado y no creen, les dice: ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, toma la camilla y echa a andar.” Y dirigiéndose al paralítico le dice: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” El enfermo así lo hizo. Y si Jesús ha sido capaz de librar de la enfermedad, - algo imposible para el hombre, según pensaban los escribas-, ¿cómo pueden negarle el poder de perdonar los pecados? Jesús, tú no eres un embaucador, tú haces hace lo que dices. ¡Qué consolador mensaje nos entregas hoy con este evangelio! Tú, Señor, no sólo puedes librarme de la enfermedad y de otros males físicos, sino también de ese otro mal más profundo y radical que es el pecado, que es el que de verdad me esclaviza y me destruye. Gracias, Señor.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.