Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ayer Jesús, en un reproche amoroso, preguntaba a los discípulos que para qué que-rían los ojos si no ven, y los oídos si no oyen. Hoy vemos que da la vista a un ciego que le han traído para que lo toque y lo sane. Jesús lo toma de la mano, se lo lleva fuera de la aldea, lejos del bullicio y de las miradas de la gente, y lo cura. El ciego aquel no podía ir a Jesús por sí solo; necesitó que alguien lo llevara. En nuestros ambientes ¡cuántos “ciegos” en el espíritu hay que necesitan que alguien los acerque a Jesús! Señor, que yo lleve los ojos bien abiertos para verlos y para ver su necesidad. A mí un día me tocaste y me regalaste la fe y te descubrí como mi Salvador. Que sienta la necesidad de acercar a ti a los que aun “no ven” para que también ellos gocen de la dicha de descubrirte como su Salvador y el que puede llenar sus vida de gozo e ilusión.
2. Jesús abre los ojos a aquel ciego progresivamente, en dos tiempos, como si fuera difícil la curación. En un primer momento, el ciego comienza a ver pero borrosamente. Era lo que estaba ocurriendo a los discípulos. Ellos habían seguido a Jesús. Habían empezado a creer en él. Pero no terminaban de ver claramente quién era en verdad, y se resistían a aceptar su mesianismo humilde y sufriente. Así yo, Señor: he comenzado a ver que eres mi Señor, que en ti se me manifiesta la voluntad del Padre, que me sales al encuentro en mi hermano, que me hablas en tu Palabra, que me amas aun en mi pecado y que nunca me abandonas; pero a veces, Señor, la visión se me hace borrosa y hasta se oscurece del todo. Mira mi egoísmo, mi miedo al compromiso serio, mi falta de entusiasmo y mi tendencia a “ir tirando”, etc., que lo ensombrecen todo y me impiden ver claro. ¿Cuándo rasgarás, Señor, esa cortina oscura, y veré claramente?
3. En un segundo momento, Jesús vuelve a tocar al ciego y ahora sí, miró y veía con toda claridad. Así ocurrirá en los discípulos. Dejándose guiar por Jesús, en el trato con él, también irán madurando en la fe y terminarán viendo claramente que él es el Mesías de Dios. Y no un Mesías nacionalista triunfador, como ellos soñaban, sino el Mesías humilde, que se entrega, que sirve y morirá en cruz…Yo, Señor, espero también ver claro un día. Ten paciencia conmigo. Y concédeme tenerla conmigo mismo y con mis hermanos. Que me acepte, débil y pecador como soy y, del mismo modo, acepte a los demás, en la esperanza de que un día te acercarás a mí, y me sacarás de la “aldea” de esta vida rutinaria y sin nervio que llevo, y “me tocarás” y sanarás todas mis cegueras, para que vea claramente que sólo tú eres el Señor, que me amas y sólo tú puedes llenar mi vida de sentido, de paz, de felicidad. María, Madre, acompáñame en este camino hacia una fe cada vez más madura.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.