Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Sigue Jesús recorriendo caminos y aldeas, ahora por tierras paganas. Las gentes - como en tierras de Israel- le salen al encuentro, trayéndole los enfermos que están hundidos en el sufrimiento. Y él les entrega su Palabra y su acción salvadora, según la profecía de Isaías sobre la era mesiánica: “Entonces se despegarán los ojos del ciego y los oídos del sordo se abrirán....” Y es que Jesús se toma muy en serio la miseria humana. Como la del sordomudo de hoy. Se lo presentan y le piden que le imponga las manos. Jesús se lo lleva consigo y realiza un ritual que debió ser común entre aquellos pueblos: mete los dedos en los oídos y toca con la saliva su lengua. Y dice su palabra de poder, que sana: “Effetá”, ábrete. Y los oídos del enfermo se abren y la lengua se desataba. Y aquel hombre marginado, condenado al silencio y al aislamiento por su mudez y sordera, se siente reintegrado a la comunidad..
2. ¿Nosotros no estamos a veces sordos y mudos? Sordos para su Palabra: oímos, pero apenas la escuchamos y acogemos. El mensaje de Jesús nos resbala, apenas roza nuestros corazones. Y sordos también para escuchar el grito de los que sufren. Y además, mudos. No sabemos hablar al Señor, orar, alabarle, darle gracias. Y tampoco, hablar a los hermanos. ¡Cuántos esperan una palabra de cariño, de comprensión, de ánimo, de simpatía…, y nosotros pasamos de largo, ensimismados, ocupados sólo en lo nuestro! Dinos, Señor, tu “effetá” poderoso. Ábrenos el oído, que te escuchemos a ti, que acojamos tu Palabra que nos salva, y que escuchemos a los demás, que nos acerquemos a ellos, como tú, y que “curemos”, sino su enfermedad, sí su soledad y su necesidad de comprensión y cariño. Y desátanos también la lengua para que podamos alabarte a ti y decir a los demás la palabra que esperan de nosotros.
3. La gente, en el colmo del asombro decían: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos." Y es que quien tiene experiencia de Jesús y se siente sanado por él, no puede callarlo, siente la necesidad de contarlo a los demás. La expresión “todo lo ha hecho bien”, que decía aquella gente recuerda aquella otra del Génesis cuando Dios mira complacido su creación: …”y vio Dios que todo era bueno”, o sea, que todo estaba bien hecho. Así Jesús. Anda por la vida haciéndolo todo bien, “re-creando” -diríamos- lo que Dios hizo bien en el origen, pero el pecado ha-bía estropeado. Señor, ven hoy a nuestras vidas, en las que hay tanto estropeado por el pecado, y recréalo, hazlo nuevo: que todo vuelva a estar bien hecho, que todo sea bueno, agradable a tus ojos y al de los hombres.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.