Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús ha comenzado anunciando el Reino a los hijos de Israel. Pero no ha venido sólo para ellos, la salvación mesiánica es para todos los hombres. Hoy vemos que deja el territorio de los judíos y sale a tierra de paganos, a la región de Tiro. Una mujer necesitada se entera que Jesús estaba allí y fue a buscarlo. Tal vez había oído hablar de su bondad y de su poder salvador. Y ella necesitaba de ese poder: su hija estaba enferma, poseída de un espíritu inmundo. No era judía, pero acude a Jesús sin temor a ser rechazada: “fue a buscarlo y se le echó a los pies”. Pensemos en el ansia con que aquella mujer buscaría a Jesús. ¿Le buscamos nosotros así? Ella, apenas enterada de que había llegado Jesús, corrió a él. Sin embargo, Señor, yo que sé que siempre estás ahí, al alcance de mi oración, ¡qué tardo soy para acudir a ti! ¡Ah, si corriera a ti y me echara a tus pies, cómo se iluminarían muchos ratos oscuros de mi vida!
2. La acogida de Jesús no fue muy alentadora. Aquella mujer era pagana, no pertenecía al pueblo de Dios. Y Jesús le dice: "Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos." Tal vez nos desconcierta, esta respuesta. ¿Cómo Jesús, la Bondad encarnada, respondió así? ¿Pretendió que madurara su fe? La mujer no se desalentó, no se marchó, sino que de su corazón brotó uno de los actos más profundos y firmes de fe humilde y confiada: "Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños." ¡Cómo debió conmover al Señor esta respuesta! Tanto que diríamos que no sólo mereció recibir las migajas de que hablaba ella, sino que podríamos decir que el Señor le dio el pan entero: "Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija." Y así sucedió. ¿Es así de firme y confiada nuestra fe, o nos puede fácilmente el desaliento, si el Señor tarda en responder?
3. A veces olvidamos que –como dice J. Esquerda- Dios no quiere darnos lo que resbalaría en nuestro interior y se perdería. Por eso espera que se esponje nuestro corazón para recibir el agua de la gracia. Señor, enséñame a perseverar en la oración, a insistir, como la mujer del evangelio de hoy, sabiendo que tú siempre respondes en el momento oportuno. María, Madre, ruega por mí. Tú supiste orar en los momentos de oscuridad, y perseverar, y esperar la respuesta que tardaba en llegar. Enséñame a orar así, como tú: con humildad, con una fe honda y segura, con un total abandono en el amor del Padre. ¡La respuesta ya llegará!
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.