Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Continúa Jesús formando la conciencia de los suyos, ayudándoles a descubrir qué es de verdad “puro” y qué “impuro”. Hay que mirar hacia dentro, al corazón, y no quedarse sólo en lo exterior: entrega del corazón, no servicio de labios afuera, cumplimiento del mandamiento de Dios, no de prescripciones humanas. Esto lo olvidaban los escribas y fariseos, para quienes la pureza viene del cumplimiento de ciertas prescripciones legales. Por eso se escandalizan, cuando Jesús y los suyos no guardan alguna norma o tradición. No comprenden que Dios lo que mira es la actitud interna, que lo que a Dios complace es el “corazón limpio y bueno”. ¿“Manos limpias” y “corazón podrido?; ¿normas cumplidas, y dureza o indiferencia ante el hermano? Es hipocresía y engaño que repugna a Dios. Señor, que haya en mí siempre coherencia entre lo que manifiesto y lo que siento y vivo en el corazón. Cumplir, sí; pero amar, más, y antes que el cumplir.
2. A aquéllos les dice Jesús: “Escuchad y entended todos; nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Lo impuro no viene de fuera -como enseñaban los doctores de la ley-, sino de dentro, del corazón. No hay que preguntarse si esta o aquella comida o bebida es pura o impura; hay que preguntarse si lo que deseo y hago agrada o no a Dios. También nosotros necesitamos escuchar una vez más esta lección del Señor sobre lo que importa a Dios: no es lo que aparece, sino lo de dentro. Porque si el corazón está limpio, de él brotará, como del manantial claro, el agua de los pensamientos limpios y las acciones buenas. Pero si el corazón está habitado por el cieno de la maldad, ¿qué acciones pueden brotar en nuestras vidas sino las perversas: “fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad?” Hoy, Señor, quiero mirar mi corazón. Ilumíname, dame ojos sinceros para que vea qué hay en él. Y ayúdame a vaciarlo de las suciedades que descubra.
3. “Quien tenga oídos que oiga”, termina diciendo Jesús. Y es que el Señor no fuerza, ni obliga a seguirle y cumplir lo que enseña. El ofrece el camino, señala la dirección en la que ha de caminar el discípulo, si quiere madurar como persona y como cristiano. Pero las personas somos libres y podemos no escuchar su invitación. Señor, dame oído atento para escucharte siempre, para acoger tus ofertas de salvación. María, Madre, que yo acoja la Palabra de Dios como la acogiste tú.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.