Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy la Liturgia nos presenta a Job, como figura de la humanidad que sufre y desespera: "Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga ... se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza… mis ojos no verán más la dicha." ¿Quién no ha experimentado parecidos sentimientos en algún momento? Y nos preguntamos entonces: ¿quién me redimirá de esto? San Marcos -hace un par de domingos- nos presentaba a Jesús proclamando el Reino de Dios, que Dios comienza a reinar sobre todo mal que oprime al hombre. Después hemos ido viendo que Jesús no sólo proclama el Reino, sino que lo hace, lo construye, lo realiza: cura a enfermos, libera a poseídos por espíritus inmundos, y hoy vemos que arranca de la de la fiebre a la suegra de Simón. Y Marcos resume la actividad de Jesús en aquel día: "Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios…"
2. Jesús libera para que el hombre pueda vivir plenamente el proyecto de Dios: abierto al servicio, a la entrega, a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la justicia. Jesús no sólo pone en pie, sino que capacita a las personas para vivir de una manera verdaderamente humana, con sentimientos y actitudes humanas. Lo vemos hoy: " La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.” Señor, hoy vengo a ti para que me sanes también de todas mis “fiebres”: del egoísmo, de la intolerancia e incomprensión, de la incapacidad para vivir con el otro y para el otro, de la insolidaridad… Acércate a mí, tómame de la mano y dime que me levante. Porque entonces, libre de todo, podré ponerme a servirte a ti y a los demás, especialmente a los que más lo necesitan.
3. Además de predicar y sanar, vemos que Jesús ora: “Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.” ¡Qué bien supo el Señor unir la acción con la oración, el estar con los hombres y el estar con Dios! Predicar y atender a la gente era importante para él. Pero también lo era el buscar el encuentro con el Padre en la oración. Por eso, sabe cortar toda actividad, alejarse del bullicio y del ajetreo, y retirarse al descampado, al silencio, para orar. De su experiencia de Dios como Padre bueno y compasivo, que se preocupa de todos los seres humanos, arranca toda la actividad de Jesús. Esto es algo que necesitamos aprender nosotros. Pidamos al Señor sentir la necesidad de orar, de retirarnos al silencio, para encontrarnos con Dios en la oración, para experimentar el amor de Dios y orientar nuestra vida según su proyecto. A veces pensamos que no tenemos tiempo, que tenemos demasiadas cosas que hacer. Y olvidamos que entre las cosas que tiene que hacer un cristiano, está el orar, el ponerse a la escucha de Dios. Y no es la menos importante. ¿Cómo hablaré de Dios, si no escucho a Dios? ¿Cómo haré las obras de Dios, si no me encuentro con Dios y no recibo la fuerza de Dios? Señor, que descubra la importancia de la oración.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.