Miércoles de la 5ª semana de Pascua

Paso la palabra. Para meditar cada día
Miércoles de la 5ª semana de Pascua
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada . Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. ( Juan 15,1-8).

  1. “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”. Con esta alegoría de la vid, Jesús nos dice lo íntimamente unidos que estamos con él los bautizados. Es una unión parecida a la que el sarmiento mantiene con la cepa: los sarmientos reciben la vida de la cepa, de ella se nutren y con ella forman un todo. Así nosotros con Jesús. De él recibimos la vida nueva del Espíritu. Con él formamos un todo: él vive en nosotros y nosotros vivimos en él y por él. Gracias, Señor, porque generosamente nos has incorporado a ti y nos has enriquecido con tu vida sin ningún mérito nuestro. San Agustín dice: "Los sarmientos están en la vid de tal modo que, sin darle ellos nada a ella, reciben de ella la savia que les da vida; a su vez la vid está en los sarmientos proporcionándoles el alimento vital, sin recibir nada de ellos. De la misma manera, tener a Cristo y permanecer en Cristo es de provecho para los discípulos, no para Cristo.”
  1. “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”. Como el sarmiento para dar fruto necesita estar unido a la vid, así nosotros. Unidos a Jesús, él obra en nosotros y de nosotros brotan las obras buenas del Espíritu: el amor a Dios y a los demás, la entrega, el servicio, el perdón, etc. Pero desgajados de él, en el orden de la gracia, nada podemos hacer: “sin mí no podéis hacer nada.” A veces nos preguntamos por qué esta vida cristiana nuestra tan sin frutos, tan vacía de obras. ¿No será que “practicamos” -vamos a misa, rezamos, etc.-, pero nuestra unión con Jesús es demasiado débil, y somos sarmientos “marchitos”, faltos de lozanía y vitalidad? Si alimentáramos más nuestra unión con el Señor mediante la oración, la escucha y acogida de la Palabra de Dios, la eucaristía “celebrada” y “vivida” y no sólo “oída”, ¿nuestra vida espiritual no sería más vigorosa y sí daría el fruto de las obras propias de discípulos de Cristo? Entonces se cumpliría lo que dice Jesús: “Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos”.
  1. “A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.” Advertencia fuerte ésta de Jesús. El sarmiento que no da fruto es un sarmiento bastardo, no responde a la vida que se le comunica. Y se le corta. Lo mismo al discípulo que no da fruto, que no responde a la vida del Espíritu que ha recibido y no vive el amor, el Padre lo corta como sarmiento frustrado. Mientras que al que da fruto lo poda amorosamente, es decir, va eliminando de su vida lo que no es del Espíritu, para que aumente su capacidad de entrega y amor. Señor, yo quiero ser sarmiento vigoroso, que dé frutos abundantes de amor. Para ello quiero alimentar la comunión contigo, cada día, mediante la oración, la escucha de tu Palabra y la Eucaristía. Y quiero, Señor, dejarme podar por el Padre –aunque a veces duela- de todo aquello que estorbe el crecimiento de la vida del Espíritu en mí. María, Madre, ruega por mí, para que deje al Padre las manos libres para que haga en mí lo que más convenga, como tú le dejaste hacer.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

23/04/2008


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