Vienes de la 3ª semana de Pascua

Paso la palabra. Para meditar cada día
Vienes de la 3ª semana de Pascua
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Saulo, perseguidor de la Iglesia, seguía profiriendo amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Fue a ver al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándole a traer presos a Jerusalén a los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres. En el viaje, cerca ya de Damasco, de repente, un relámpago lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra, y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor?, preguntó él. La voz respondió: Soy Jesús, a quien tú persigues. ( Hechos 9, 1-5)

“Al oír las palabras de Jesús, los judíos disputaban entre sí: ¿cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí. .. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.» ( Juan 6, 53-60).

  1. A Saulo, el gran enemigo y perseguidor de los crsitrianos, que soñaba encarcelar a todos los que seguían el nuevo camino, le sale al encuentro Jesús, ilumina su corazón, y Saulo se convierte en el gran amigo de Jesús, el gran predicador de su amor. ¡Es el poder de la gracia! El que antes respiraba amenazas de muerte contra los seguidores de Jesús, en adelante respirará amor y alabanzas a su Señor. Señor Jesús, sal a nuestro encuentro también. También nosotros necesitamos que nos derribes del caballo de nuestra pereza espiritual, de nuestra tibieza y medianía de vida cristiana. Cambia nuestro corazón, como cambiaste el de Saulo. Conviértenos, si no de perseguidores, sí de indiferentes a ser grandes amigos tuyos. Y que sintamos, Señor, como Pablo, la imperiosa necesidad de proclamar a todos el gozo de conocerte y de sabernos hijos de Dios.
  1. Hoy meditamos el final del “Discurso del Pan de Vida.” Jesús les ha dicho de que el pan que va a darles es “su carne para la vida del mundo”. Al escuchar estas palabras, la gente se pregunta escandalizada: “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?” Porque interpretan que Jesús habla de un comer material y antropofágico, y no quieren creer en él. Duros para creer eran aquéllos, pero duros lo somos también nosotros. Si lo que el Señor nos dice no cabe en nuestra pequeña cabeza nos negamos aceptarlo. Y le pedimos explicaciones, y lo recortamos, y lo rebajamos y lo empequeñecemos hasta hacernos un evangelio, un cristianismo y un Dios a la medida no de nuestra cabeza, sino de nuestra soberbia, de nuestro egoísmo, de nuestro miedo a comprometernos. Y, sin embargo, nos “tragamos” sin poner ningún reparo lo que cualquier propaganda o teoría de moda nos ofrece. ¿Hasta cuándo, Señor, seremos así? ¿Hasta cuándo temeremos fiarnos de ti? Conviértenos, Señor, conviértenos, que si tú no nos conviertes…
  1. Jesús continúa hablándoles de alimento: “Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día”. Sólo Cristo puede hacernos vivir la vida eterna, la vida de Dios. Y para ello, nos entrega en la eucaristía su carne y nos da a beber su sangre. ¡Qué gran bondad la del Señor! Toma la forma humilde del alimento material más común para unirnos íntimamente a él y darnos vida. Y no una vida cualquiera, sino ¡su misma vida!, y así unirnos a él, y saciar esa hambre de Dios, que tan profundamente sentimos. Gracias, Señor, por tanto amor. Gracias por el regalo maravilloso de la eucaristía, regalo que sólo a un loco de amor, como tú, se le podía ocurrir. Señor, que nuestras eucaristías no sean celebraciones rutinarias, sino que cada eucaristía produzca en nosotros los frutos que anunciaste en Cafarnaúm: que haga cada vez más profunda nuestra unión contigo, que habitemos cada vez más en ti y tú en nosotros, y que tu vida de amor y de entrega se manifieste cada vez más pujante en los que participamos en la eucaristía. Si no es así, ¿de qué nos sirve participar en ella?

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

11/04/2008


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