Martes 3ª semana de Pascua

Paso la palabra. Para meditar cada día
Martes 3ª semana de Pascua
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

“Esteban, lleno el Espíritu Santo, fijó sus ojos en el cielo y vio la gloria de Dios y Jesús a su derecha y exclamó: "Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la derecha de Dios". Entonces empezaron a gritar, se taparon los oídos y todos a una se lanzaron contra él. Lo empujaron fuera de la ciudad y empezaron a tirarle piedras. … Mientras era apedreado, este oraba así: "Señor Jesús, recibe mi espíritu". Después se arrodilló y dijo con fuerte voz: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado". Y dicho esto, se durmió en el Señor.” ( Hechos 7, 55- 60).

Aquel día, tras haber oído las palabras de Jesús sobre el trabajo de creer, la gente le dijo: ¿y qué signo vemos que tú haces, para que lo veamos y creamos en ti?, ¿en qué trabajas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito:”les dio a comer pan del cielo”. Jesús les respondió: Os lo aseguro, no fue Moisés quien os dio pan del cielo. Es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Y Jesús les contestó: Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”. ( Juan 6, 30-35).

  1. Esteban da testimonio del Resucitado, valientemente y sin miedo, aun sabiendo a lo que se exponía. Los judíos no pueden soportarlo, se enfurecen, lo sacan de la ciudad y lo apedrean. Esteban, a imitación de Jesús, muere abandonándose en manos de Dios y perdonando y rogando por los que lo matan. Serena muerte, confiada muerte la del testigo Esteban. Nosotros, apoyados en nuestra fe y entrega al Señor, ¿cómo no daremos testimonio del Resucitado?; ¿qué no podremos soportar?; ¿a quién y qué no podremos perdonar?
  1. Meta alta la de los cristianos de hoy: ser testigos del Resucitado en medio de un mundo descreído y materialista, expuestos a la incomprensión y persecución y hasta a la muerte como Esteban. Meta sólo alcanzable para los fuertes, para los “bien alimentados” con el Pan bajado del cielo. Sólo así podremos alcanzarla. Hoy el Señor nos invita a buscar ese Pan sentándonos con frecuencia a la mesa de la eucaristía. En ella el Señor se nos da y vigoriza nuestra fe con el Pan de su Palabra y el Pan eucarístico. En el desierto, el maná que Dios dio a los hebreos les fortaleció, y así pudieron seguir caminando hacia la tierra de la libertad. A nosotros ¿qué fuerza no nos dará el verdadero Pan del cielo, que es el mismo Cristo, del que el maná no era más que figura? El que come este Pan no sucumbirá en la travesía del desierto de este mundo. Cuando a la Madre Teresa de Calcuta le preguntaban de dónde sacaba la fuerza para llevar a cabo la obra de entrega a los “más pobres entre los pobres”, respondía: “De la Eucaristía”. ¿Por qué no la sacamos nosotros? Comemos el mismo Cristo-Eucaristía que la Madre Teresa y que han comido tantos cristianos que han vivido la entrega; pero la disposición y el deseo de unirnos con el Señor y vivir la entrega ¿son los que tenía ella?
  1. “Señor, danos siempre de ese pan”, rogó aquella gente, cuando Jesús les habló del verdadero pan del cielo. Ellos no sabían lo que pedían, puesto que pensaban en un pan material. Nosotros, por la fe, Señor, sí sabemos de qué pan nos hablas: Eres tú el que te ofreces como alimento y te entregas como Pan de Vida y Agua Viva para el que cree en ti, para el que te acepta y te abre la puerta de su vida: “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”. Señor, nosotros creemos en ti: “ danos siempre de ese pan”, sacia esta hambre y esta sed infinitas que sentimos de ti, que es lo que en realidad hambreamos cuando buscamos la paz, el amor, la felicidad, el sentido hondo de la vida. Sí, “danos siempre ese pan.”

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

08/04/2008


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