Viernes de la 2ª semana de Pascua
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo . ( Jn 6,1-15) Hoy contemplamos, una vez más, que la gente ha seguido a Jesús, olvidándose incluso de la comida. Jesús advierte que están hambrientos y no tienen qué comer. Es lo primero que debemos aprender: hacernos conscientes de las necesidades de los demás. No vivir tan encerrados “en lo nuestro”, en nuestros problemas e inquietudes que nos impidan ver las penas y necesidades de los otros. Señor, enséñame a mirar a la gente con ojos llenos de interés y amor, con ojos compasivos como los tuyos. Que vaya por la vida con los ojos bien abiertos para ver las penas y tristezas y necesidades de los que me rodean. Ante tanta gen te, Jesús pregunta cómo encontrar pan para darles de comer. El pobre Felipe ve muy difícil la solución: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Andrés, por su parte, advierte que un muchacho tiene cinco panes y dos peces, pero con eso poco se puede hacer. Pero a Jesús le bastó su disposición a compartir lo poco que tenían. El puso “lo demás”, y comieron todos y aun sobró. Algunos dicen que el milagro consistió, sobre todo, en pasar de lo mío a lo nuestro, del retener a compartir... ¡Cómo cambiarían las cosas si nosotros diéramos ese “paso” de lo mío a lo nuestro; si cada uno compartiera con los demás lo poco que tiene: tiempo, bienes materiales, capacidades, conocimientos...! Por ejemplo, al enfermo no podré curarle su enfermedad, pero sí puedo “curar” su soledad, haciéndole compañía, conversando con él, etc. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: “Yo no puedo solucionar el hambre del mundo, pero puedo dar de comer a esta persona hambrienta”. Señor, que dejemos de parapetarnos detrás de la eterna excusa: “como no puedo solucionarlo todo... no soluciono “esto” que sí puedo. Al meditar este pasaje, Señor, me conmueve tu bondad para con nosotros. Tú nos miras también a nosotros con compasión y nos ves hambrientos de algo más que de pan material: hambrientos de ti, de tu amor. Y nos invitas a sentarnos a tu mesa de la eucaristía y, en ella, nos repartes tu Pan de Vida y tu Palabra de Vida. Y lo partes para todos, para los que son buenos y para los que no lo somos. Danos, Señor, hambre del Pan de Vida que eres tú, y sácianos abundantemente con tu Cuerpo entregado. Y que, participando en el banquete de tu amor, aprendamos a amar, y a partirnos y repartirnos nosotros y lo nuestro en favor de los hermanos.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
04/04/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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