Sábado de la Octava de Pascua

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado de la Octava de Pascua
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando a una finca. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación ." (Marcos 16, 9-15).

  1. Durante toda la semana hemos venido meditando algunas de las apariciones del Resucitado a los suyos. A quien primero se apareció fue a una mujer, a Mª Magdalena, de la que Jesús había echado siete demonios. Una mujer a la que los puritanos condenaban, pero que encontró en Jesús toda la comprensión y el perdón y el ánimo. Y como “amor con amor se paga”, según el refrán, el corazón agradecido de María respondió con un gran amor al inmenso amor que le había mostrado Jesús. Ella fue la primera en ir, bien de mañana, a buscar al que habían matado y sepultado, y fue la primera que le vio resucitado, y la primera que, loca de alegría, comunicó la buena noticia a los demás, aunque no la creyeron. Tal vez pensó que no la iban a creer (la mujer no era tenida como buen testigo entre los judíos); pero ella no podía callar lo que había visto y había llenado de gozo su corazón. Cuando nosotros no anunciamos al Resucitado, ¿no es, a veces, porque tememos que no nos crean y hacer el ridículo? O -lo que sería más triste- ¿no será porque no tenemos nada que anunciar, porque no “hemos visto” al Señor, porque no nos hemos encontrado con él?
  1. Después fueron los de Emaús, aquéllos, que, desilusionados y tristes por la muerte de Jesús, se marchaban de Jerusalén, separándose del grupo de los seguidores de Jesús. Pero, cuando descubren que es Jesús el que está cenando con ellos, corren a comunicarlo a los demás. Y se encuentran con la misma incredulidad que la Magdalena. ¡Pobres discípulos! Ellos, cuando Jesús les llamó, lo dejaron todo para seguirle. Pero la muerte del Maestro había agostado todas las ilusiones y esperanzas que las palabras y hechos de Jesús habían hecho brotar en sus corazones. Ahora se muestran duros, incapaces de creer lo que la Magdalena y los de Emaús les dicen. Señor, yo también te he seguido con gran ilusión, y también tu amor ha hecho brotar en mi corazón grandes esperanzas. Hoy te pido que las decepciones y los fracasos en tu seguimiento nunca rompan esas ilusiones y esas esperanzas. Que siempre crea que tu amor es más fuerte que todos los fracasos.
  1. Finalmente, Jesús se aparece directamente a los Once, a los que se resisten a creer y “les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado”. San Marcos, en este final de su evangelio, subraya fuertemente la incredulidad y la dureza de corazón de los discípulos, que, porque no habían visto directamente al Señor, no creían. Era una advertencia a los que después se irían adhiriendo a la comunidad. Viene a decirles: “¡Cuidado, no caigáis en lo mismo que aquéllos!” Hoy, Señor, nosotros queremos escuchar esta advertencia, porque no te hemos visto directamente, y, como aquéllos, podemos despreciar el testimonio de los que sí se han encontrado contigo y te han visto y han tenido experiencia de que vives y nos anuncian que hay motivos para la esperanza. Señor, que nosotros no estemos en el grupo los incrédulos y duros de corazón, que creamos aunque no hayamos visto. Y que “vayamos a proclamar el Evangelio a toda la creación”, como nos encargaste a los Apóstoles y nos encargas hoy a nosotros.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

29/03/2008


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