Martes de la Octava de Pascua

Paso la palabra. Para meditar cada día
Martes de la Octava de Pascua
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: - «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les contesta: - «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: - «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: - «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.» Jesús le dice: - «¡María!» Ella se vuelve y le dice: - «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!» Jesús le dice: - «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."» María Magdalena fue y anunció a los discípulos: - «He visto al Señor y ha dicho esto.» ( Juan 20, 11-18).

  1. María Magdalena, junto al sepulcro, llora, desconsolada y sin esperanza. Los ángeles le preguntan por su pena: - «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les contesta: - «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.». Ella ama a su Señor, y al que tanto ama, no sólo lo han matado, sino que también –piensa ella- han robado su cadáver. Cuando lo que ocurre es que ella sigue buscando en el sepulcro, ¡y a Jesús ya no puede encontrarlo en el sepulcro! La pobre María sigue pensando que con la muerte de Jesús todo ha terminado… A veces también nuestro corazón llora. Pero ¿por qué?; ¿por qué lloramos nosotros? Cuántas cosas sin importancia nos hacen sufrir, Señor, a veces. Pero sentirnos tibios en nuestro amor a ti, no tenerte a ti, estar alejados de ti por el pecado, apenas nos entristece o no nos inquieta tanto. ¡Cuando es lo más triste que nos puede ocurrir! Si descubriéramos tu amor como lo descubrió la Magdalena, si lo gustáramos, como lo gustó ella... ¡cómo lloraríamos tu lejanía o tu pérdida, Señor, y qué poco nos importarían esas otras cosas!
  1. María se vuelve y ve a Jesús, pero no lo reconoce. Tal vez habría reconocido a Jesús muerto, pero a Jesús vivo, no lo reconoce. Y es que sigue buscando a un cadáver. Él le dice: - «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» Ella le busca a él, al que no ha reconocido, a su Señor, al Amado de su alma, al que daba sentido a su vida, al que necesita para seguir viviendo, por eso suplica: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»… Y nosotros ¿qué buscamos? ¿Qué hay detrás de tanta inquietud y desasosiego con que nos movemos a veces en la vida? ¿Tras de qué vamos?... María te buscaba a ti, Señor, te necesitaba, y tú le sales al encuentro y, finalmente, te “dejarás ver” por ella. Porque, como meditábamos ayer, tú, Señor, nunca dejas de hacerte el encontradizo con el que te busca con sincero corazón. Nosotros te buscamos, pero tú has salido antes a nuestro encuentro. Hoy te pido, Señor, que yo te busque con el ansia enamorada de María. Que te necesite como ella te necesitaba para seguir viviendo…, y sé que tú me saldrás al encuentro.
  1. “Jesús le dice: - «¡María!» Ella se vuelve y le dice: - «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!» Jesús le dice:.. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."» María Magdalena fue y anunció a los discípulos: - «He visto al Señor y ha dicho esto.» A la Magdalena le bastó escuchar su nombre dicho por Jesús para reconocer la voz del que buscaba. ¡Cuánta delicadeza, cariño y ternura habría en aquel “¡María!” dicho por Jesús! Ella, al reconocer su vos, “se vuelve” -diríamos que deja de mirar al sepulcro- y dice emocionada: “¡Rabboni, Maestro!”, y se echó a los pies de su Señor... Qué estupendo, Señor, escuchar mi nombre dicho por ti y percibir en tu voz lo mucho que me perdonas y quieres, y caer a tus pies también para decirte con todo mi amor: ¡Maestro!... Sí, Señor, llámame, di mi nombre. Y entonces con qué gozo iré a decir a los demás, como la Magdalena: “¡He visto al Señor y me ha dicho esto!” Y lo diré con el acento de sinceridad del testigo. Porque, Señor, los otros notan si hablamos de lo que hemos “visto y experimentado”, o de lo que hemos “estudiado” nada más.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

25/03/2008


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •