Murcia

Jesús Aniorte

Al hilo de la vida y de mis reflexiones

Y sin embargo, aceptarse y seguir en la brecha

Ni siquiera saludó al llegar. Dijo simplemente: - "Estoy al borde del odio de mí mismo... Desde luego, despreciarme, me desprecio". Pregunté: "¿Qué pasa?" "Que no me entiendo. Que soy un inconsecuente, un hipócrita." Y me contó su desconcierto: "Soy capaz de lo más, pero lo menos puede conmigo. Soy capaz -en un momento de arrebato- de sacar del banco una parte importante de mis no muchos ahorros, para ayudar a solucionar el problema de una familia a la que se le quemó la casa; pero no soy capaz de aguantar a mi cuñada, ni de escuchar en paz a mi mujer en algunos momentos en que me necesita".

Había sido de los de "yo respeto a la religión y a los que creen, pero no creo: yo soy agnóstico." Había perdido la fe en la universidad, cuando descubrió a la diosa ciencia, como decía él. Cuando terminó la carrera de medicina, se entregó, con ilusión y una gran fe en ella, a practicarla. Tuvo éxitos. Cobró fama de buen médico. Ganaba dinero. Estaba satisfecho de él mismo y de la ciencia médica. Cuando una madre, en cierta ocasión, ante la curación de su hijo que estuvo grave, comentó: "Esto, Doctor, ha sido un milagro de la Virgen", él, herido en su orgullo, respondió ásperamente: "Señora, este milagro lo he hecho yo y la ciencia"…

Pero un día la enfermedad entró por la puerta de su casa y se metió en la habitación de su hijo menor: leucemia. Y comenzó la lucha contra la enfermedad. No se escatimaron medios; pero el niño murió. Y aquello le hizo reflexionar."Fue la primera batalla que perdía contra la enfermedad -confesaba la primera vez que me encontré con él y me contó su peripecia personal-. ¡Y tuvo que ser en mi hijo! Entonces me di cuenta de la estupidez de mi orgullo y autosuficiencia: ¡yo no era Dios, ni lo era la ciencia! Aquel fracaso acabó con mi agnosticismo."

Desde entonces es un cristiano ferviente, generoso con Dios y con los demás. Su ciencia médica no está sólo al servicio de los que pueden pagarle, sino también de los que no pueden, a quienes atiende gratuitamente en su consulta particular. Pero ahora estaba ante mí, confesándome con sinceridad su desánimo, su tentación de tirar la toalla. Y ello, porque se experimentaba capaz de hacer cosas bastante importantes en favor de los demás, pero también, en otros ámbitos, limitado, con defectos y unos fallos que le humillaban. Por ejemplo, no atender, en algunos momentos, a su esposa como ella necesitaba, y él creía que debía hacer; o no soportar a su cuñada que era "un poco rara". "Mira -le dije-, así de humanos somos. Así de débiles, limitados e inconsecuentes a veces. Capaces de grandes obras de amor y servicio en un momento dado, pero también de traicionar, en las cosas pequeñas, hasta a los que más amamos. Escucha esto: "En la vida de cada hombre no faltan algunas horas en las que consigue elevarse a las cumbres del amor. Pero a continuación y a lo largo de toda su vida, no hará casi nada más que desmentir todo lo alcanzado en aquella hora de heroísmo." Lo escribió Ladislao Boros, hablando de que estamos tan habitados por el egoísmo, que éste se hace presente constantemente en la vida del hombre, hasta el punto -dice- que a éste, al hombre, "sólo le es dado llegar a anular este egoísmo que arraiga en lo más hondo de nuestro ser, en muy contadas ocasiones y por breves instantes. Las más de las veces continuamos tan egoístas, incluso en las mismas acciones que pudieran parecer puras y desinteresadas... De ahí que no deje de conmovernos profundamente la gran lucha de los santos contra el egoísmo, viéndose a pesar de ello continuamente derrotados por el mismo."

Así somos, te repito: limitados, débiles, contradictorios... Pero así nos acepta y nos ama Dios, y así tenemos que aceptarnos y amarnos nosotros. Que no es fácil. Porque ¡cómo se resiste nuestro orgullo a reconocer y aceptar con serenidad nuestros defectos, limitaciones y fallos! La tentación es despreciarnos y comenzar a pegarle puñetazos a nuestra autoestima. Pues, no. Por reconocer y aceptar nuestros fallos no valemos menos. Ello no quiere decir que tengan que gustarnos nuestros defectos y errores, y vivir contentos y satisfechos de ellos. Por ejemplo, no tener paciencia para escuchar a tu esposa, es lógico que no te guste y desees y trates de cambiar. Pero no es lógico ni sano que te desprecies y vivas amargado por no ser un perfecto escuchador. Lo sano es reconocerlo y aceptarte con serenidad a ti como "persona que tiene esa limitación" que no deseas. "Aceptarse a sí mismo es la base para ser emocionalmente sano. Y la salud emocional da lugar a una espiritualidad madura", dice Robert Furey.

Además, eso nos puede mantener humildes -con una humildad auténtica y sana- y hacernos más comprensivos con los demás. Porque ¿quién, que se reconozca débil, imperfecto, limitado, que falla mil veces al día a pesar de su buena voluntad, puede ser duro en el juicio contra los demás? ¿Cómo ser tan intransigentes con los fallos de los demás como a veces somos? Nosotros tenemos buena voluntad y fallamos; y los demás también tienen buena voluntad y fallan. Así somos. Y así tenemos que aceptarnos y querernos a nosotros. Y así tenemos que aceptar y querer a los demás. Escribe Bernabé Tierno: "El sano amor a uno mismo proporciona una gran paz, equilibrio psicológico y tranquilidad y es la eterna asignatura pendiente porque nadie puede amar a sus semejantes, ni a Dios ni a nadie si se desprecia o minusvalora a sí mismo". Y san Agustín escribe esto que suena casi a demasiando duro: "Mientras seas adversario de ti mismo, la Palabra de Dios será adversaria tuya. Hazte amigo de ti mismo y te habrás reconciliado con ella".

¡Qué otra sería nuestra convivencia en la familia y en los demás ámbitos de la vida, si lo hiciéramos! Sólo si reconocemos nuestros defectos y nos aceptamos y queremos a nosotros mismos como limitados, seremos capaces de aceptar a los demás como limitados y quererlos! El amargado que anda despreciándose a sí mismo, porque no es perfecto, ¿cómo va a aceptar y querer a los demás?

Mi amigo sonrió, me dio una fuerte palmada en la espalda, como hacía a veces, y dijo: "Es decir, que hay que aceptarse y seguir en la brecha." Respondí: "Tú verás." Y sonreí también.


Artículos:
  • LO QUE PRETENDO CON ESTA SECCIÓN
  • De los ricos y sus riquezas
  • Hoy, ¡Feliz día!... Y mañana ¿qué?
  • Con ocasión del Domund
  • Valorar, gozar y agradecer lo que tenemos
  • Para educar a los hijos ¿la buena voluntad basta?
  • Dar, ese verbo que nos cuesta tanto 'conjugar'
  • Y sin embargo, aceptarse y seguir en la brecha
  • La bondad hará progresar el mundo
  • Rincón
  • A amar se aprende, hay que enseñarlo
  • Eso de la educación (II)
  • Eso de la educación (I)
  • Un camino para una vida en paz y feliz
  • Toda la culpa es de esta cabeza
  • Servir, cosa de fuertes
  • La parábola de las rosas
  • Vivir cara al futuro
  • La Resurrección, una llamada al compromiso
  • Otra vez la autoridad
  • "Sacar adelante" a los hijos
  • Catalina, la del corazón que supo amar
  • Todos los días pueden ser Navidad
  • Talento sin voluntad ¿a dónde llegará?
  • Amenazados... de Vida
  • Y de la autoridad ¿qué?
  • El divorcio y los hijos
  • Los hijos necesitan tiempo (2)
  • Los hijos necesitan tiempo
  • A la curación por la entrega
  • Ahora hablaré de mí
  • Los padres y el sentido a la vida
  • ¿Hombres de carácter o juguetes de los caprichos?
  • Amar a los hijos no es transigir en todo y no negarles nada
  • Refranes. Bien está lo que bien acaba
  • Refranes. LA MUJER EN LOS REFRANES
  • Refranes. Ya estamos en Invierno
  • Refranes. La Primavera, la sangre altera
  • Refranes. Año de higos, año de amigos
  • Refranes. Otoño entrante, barriga tirante

  • Paso la palabra. Para meditar cada día
    Para contactar con Jesús Aniorte mandar un email a aniorte@totana.com
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