Murcia

Jesús Aniorte

Al hilo de la vida y de mis reflexiones

Eso de la educación (II)

Bien, la tarea de los padres, educar. Pero ¿educar para qué? Para que sea un hombre, una mujer, dicen unos. Pero ¿qué es ser un hombre, una mujer?

Dijimos que educar viene del latino edúcere que significa hacer salir, sacar de dentro. De donde, educar es igual a crear el clima propicio para que broten vigorosos todos los talentos que el niño lleva dentro. Pero edúcere significa también llevar, conducir desde… De donde, educar es también igual a acompañar y orientar al niño en su camino desde lo que es cuando nace hacia la plena maduración.

Y es que el ser hombre no es algo que nos viene dado de una vez para siempre. ¡Qué indefenso e inacabado nace el niño! El hombre es un ser en construcción; es algo no acabado, que clama desde lo más profundo de su ser por el acabamiento. El animal, siguiendo unas leyes naturales de desarrollo, llega a ser. El hombre, no. El hombre no llega a ser, sino que se hace, se construye. Ser hombre es una conquista que cada uno debe realizar. Ya Píndaro animaba: “llega a ser lo que eres”. Y Goethe aconsejaba: “Lo que heredaste de tus padres, conquístalo para poseerlo.” Y Julián Marías comenta: “La pobreza o la riqueza vital de los hombres depende en increíble medida de que sigan o no ese consejo goethiano.”

Bien, para esto hay que educar: para que el niño llegue a actualizar el rico y amplio manojo de posibilidades que ha heredado de sus padres. Es una riqueza que ha de descubrir y conquistar él. Sartre escribió aquello de que “el hombre está por inventar cada día, y es él mismo quien debe inventarse”. Cierto que los padres y educadores le acompañarán en esta grandiosa aventura, le animarán, le orientarán, le indicarán caminos; pero nunca anularán su iniciativa, nunca le suplantarán. Lo que el niño o el joven no conquisten por sí mismos, de poco les va a servir.

Conquistarse. Llegar a ser lo que está llamado a ser: una persona madura, libre, capaz de pensar con por sí misma, de actuar sin depender de lo que se lleva o piensan los demás, de orientar su vida hacia los valores más altos, los que de verdad le van a dignificar en cuanto ser humano.

Tres pistas sólo en que trabajar con tu hijo, desde pequeño:

Una: enseñar al niño a pensar y juzgar por sí mismo: no darle, de inmediato, la solución a todo. Un ejemplo: Ante la indecisión de si irse al cine con el amiguito o quedarse para preparar el examen de mañana, el niño inquiere: “Mamá, ¿qué hago?” Y ¡plaf!, la mamá le indica qué hacer. Ante la conducta de un personaje de la tele, el niño duda de su corrección y pregunta: “Mamá, ¿eso está bien?” Y la mamá, solícita: “No, eso está muy mal”. ¿No es más educador invitar al niño a pensar y juzgar por sí mismo? Por ejemplo, devolviéndole la pregunta: “¿tu qué crees?”

Dos: educar la voluntad. Del ser humano es el pensar; pero no lo es menos la voluntad. Acompañar, pues, al niño también en el fortalecimiento de la voluntad: que sea cada vez más dueño de sí mismo, autodisciplinado, con autocontrol. Animarle desde los primeros años a ejercitarse en el esfuerzo, en la sana ambición de crecer cada vez más; prepararlo para las dificultades que va a encontrar; enseñarle a saber perder, a resistir, a seguir adelante sin derrumbarse ante el primer inconveniente o fracaso, a hacer frente a la frustración… En resumen: A “saber lo que se quiere, ver que se puede y luchar por ello”, como dice M. de Iceta.

Tres: finalmente, está la libertad. Enseñarle y ayudarle a ser libre: el que no es libre nunca llegará a ser él mismo. Animarle y conducirle, pues, a la conquista de la libertad. La fetén, claro, la que le lleva a uno a no dejarse dominar por caprichos, pasiones, miedos y complejos. Por eso, conforme vaya siendo capaz, permitir al hijo que vaya ejerciendo su libertad y responsabilidad. Animarle y acostumbrarle a decidir y elegir por sí mismo. ¿Por qué la manía de decidir siempre los padres por el niño? Verbigracia: si a él le guste este vestido o este juguete, ¿por qué empeñarse en que sea aquél? Si a él le gusta hacer las cosas así, ¿por qué empañarse en que las haga según el gusto y manera del papá o la mamá? Hay padres –mamás, sobre todo- que agarran al niño de la mano cuando empieza a dar los primeros pasos y ya no lo sueltan. El hijo siempre será para ellas “mi niño”, “mi niña”, que no puede andar solo o sola por la vida… ¡Aunque el “niño” o la “niña” tenga 40 años y lleve 17 casado! Una madre, Hazel Dyer, escribió: “Una madre no puede más que guiar… para luego hacerse a un lado”. Pero hay madres para las cuales ese momento “de hacerse a un lado” no llega nunca.

Concluyendo: educar es conducir al niño desde la total dependencia hasta la autonomía más plena: que sea cada vez más capaz de vivir por sí mismo, de orientar su vida responsablemente, según criterios propios bien asentados, de amar en libertad y maduramente, liberado de egoísmos y caprichos infantiles; en fin, que sean, personas maduras intelectual y emocionalmente.

Para eso hay que educar. Maravillosa tarea. Que no se consigue de la noche a la mañana. Pero en la que hay que empeñarse.
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