Murcia

Jesús Aniorte

Al hilo de la vida y de mis reflexiones

Eso de la educación (I)

El grupo estaba formado por tres matrimonios jóvenes, con hijos de diferentes edades. Se hablaba de todo; especialmente, de la educación de los hijos. A todos les preocupaba: que si es difícil, que si con los hijos de hoy no se puede, que si mientras son pequeños, sí, pero apenas se asoman a la adolescencia, no hay quien los domine, etc. Yo escuchaba en silencio y observaba la preocupación de aquellos padres. Buenas personas, todos; matrimonios bien considerados en el barrio, los tres; pero, bastante desconcertados. Y hasta diría que algunos muy desorientados en eso de la educación.

Digo que escuchaba en silencio. Presté especial atención a la idea de educación que cada uno de ellos manifestaba. Pensé: con razón no aciertan. Ni ellos, ni muchos otros padres. Porque ¿qué es educar? Y después, ¿basta la buena voluntad, las buenas intenciones para salir airosos de la tarea educadora?

Fernando Corominas escribe: “Educar es una ciencia y un arte, un arte porque no hay reglas fijas y cada caso es diferente, cada circunstancia es única ya que las personas somos irrepetibles.” Ciencia y arte. Y ¿cuántos padres se preparan para ser expertos en esta ciencia-arte? Hoy, para cualquier profesión o quehacer, la gente se prepara: dedica tiempo y esfuerzo. Lo ven necesario. Y para el oficio de ser pareja y el oficio de ser padres ¿quiénes se preparan? Y no me digan que son profesiones fáciles, banales. Un hombre y una mujer se quieren, montan el piso: “por fin, podemos casarnos”. Y se casan: “¡ya somos una pareja!” Un hombre y una mujer engendran un hijo: “ya somos padres”, proclaman ufanos. Y después, ¿qué ocurre? Que a veces –y no demasiadas por desgracia- suena la flauta…, pero por casualidad, como la del borrico flautista de la fábula. ¿Pesimista? Tal vez, pero uno ha visto tantas parejas fracasadas, y tantos hijos mal educados, y, por ello, fracasados, en tanto que personas… En un curso sobre Orientación Familiar el profesor decía: “A nosotros nos llegan las parejas tarde; deberían venir cuando comienzan el noviazgo, para que les ayudemos a prepararse para el matrimonio: para aprender a comunicarse bien, a solucionar los conflictos positivamente, a expresar los sentimientos, etc. Seguro que habría menos familias conflictivas.”

Entonces, esto: para educar, aprender a educar. Prepararse. Dedicar tiempo a ello: leer buenos libros sobre el tema; asistir a cursos, a conferencias, buscar asesoramiento de personas entendidas... Aprovechar todas las oportunidades que se ofrezcan. A unos padres que se quejaban de lo difícil que les resultaba “manejar” –este verbo usaron- a sus hijos, les invité a asistir a un curso titulado “Educadores, hoy”, que iba a organizar el Teléfono de la Esperanza en su pueblo. Se lo ponderé cuanto pude y supe; los animé: que aprovecharan la oportunidad, que podrían encontrar pistas para su tarea de padres, etc. Pues, nada. Su respuesta fue “que no podían permitirse el lujo de perder tres días”, que era lo que duraba el Curso. Ya ves: un “lujo”…, “perder” tres días… Así pensaban aquellos padres, y así piensan otros muchos.
Y después, ¿qué es educar a un hijo? ¿Manejarlo, domesticarlo, domarlo, moldearlo a imagen y semejanza de los padres, hacer de él un buen chico, “obedientito”, que dice sí a todo, que no protesta por nada, que a todo se somete…? Es lo que parece que intentan algunos padres. Y no. El papel del educador -dice el P. Faustino Corchuelo- consiste en “ser ministro de la naturaleza, como hermosamente lo llamaba Santo Tomás, es decir, el de prestar un servicio: ayudar desde fuera al discípulo para que éste se realice desde dentro, vitalmente, conscientemente.” Ahí está: que se realice desde dentro. Educar viene de edúcere, que significa hacer salir. De ahí que “el educador –como dice J. M. Cabodevilla-, más que suministrar desde fuera una suma de conocimientos, procurará desarrollar aquellos valores que hay dentro del educando en estado todavía germinal, a fin de que llegue a ser algún día en plenitud lo que ya es virtualmente. Más que aportar algo nuevo, hay que suprimir todo cuanto impide y obstaculiza el crecimiento de ese patrimonio íntimo, esos dones congénitos e insustituibles.” No tanto poner, cuanto quitar lo que estorba. Como el escultor hace con el bloque de mármol: desbroza lo inútil, para que surja, gloriosa, la estatua. Paulo Freire habla de educación bancaria frente educación liberadora. Aquélla simplemente transfiere, deposita saberes y valores en el educando; ésta estimula a la búsqueda, a la reflexión, a la creatividad ante la vida y sus problemas. Ésta hace hombres autónomos, creadores, que han aprendido a pensar por sí mismos; aquélla, sumisos, dóciles, disciplinados, sin iniciativa.

Educar: hacer salir. En cada uno de los hijos hay un buen manojo de posibilidades, de capacidades, que son las de él y no las de otro. Descubrirlas y aceptarlas: si tiene talento artístico, no empeñarse en que sea abogado. Y estimular y posibilitar el desarrollo de todas esas cualidades para que llegue a ser él mismo. No, como son los padres, ni como los padres desearían; no, como el hermano, ni como su amigo, ni como nadie. Ser él. “El orgullo de cualquier educador –dice M. Iceta- es poder decir al final del proceso: es una persona, es él mismo”. Eso.


Artículos:
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  • De los ricos y sus riquezas
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  • Con ocasión del Domund
  • Valorar, gozar y agradecer lo que tenemos
  • Para educar a los hijos ¿la buena voluntad basta?
  • Dar, ese verbo que nos cuesta tanto 'conjugar'
  • Y sin embargo, aceptarse y seguir en la brecha
  • La bondad hará progresar el mundo
  • Rincón
  • A amar se aprende, hay que enseñarlo
  • Eso de la educación (II)
  • Eso de la educación (I)
  • Un camino para una vida en paz y feliz
  • Toda la culpa es de esta cabeza
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  • A la curación por la entrega
  • Ahora hablaré de mí
  • Los padres y el sentido a la vida
  • ¿Hombres de carácter o juguetes de los caprichos?
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    Para contactar con Jesús Aniorte mandar un email a aniorte@totana.com
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