Murcia

Jesús Aniorte

Al hilo de la vida y de mis reflexiones

Otra vez la autoridad

Mi amigo estaba serio, preocupado, de mal humor. Yo diría un tanto "avergonzado". Acababa de tener, en mi presencia, una escena un tanto tempestuosa con uno de sus hijos, por cosa de poca monta. Se quejó: - “Ya ves... lo que yo digo: antes los hijos temblábamos ante los padres. Cualquiera rechistaba a mi padre... Ahora, al revés: somos los padres los que temblamos ante los hijos. A veces pienso que los padres no somos nadie. En casa son ellos los amos, los que mandan y organizan la convivencia. Todo ha de girar alrededor de ellos. Y no te impongas, porque entonces `eres un dictador´”.

Es el desconcierto de muchos padres: cómo ejercer la autoridad con los hijos.

Por eso te invito a reflexionar sobre ello. Empiezo por esto que escribió Luís V. Agudo: "Mira a tu alrededor. Verás, como he visto yo, hogares deshechos precisamente por padres autoritarios. Se pasaron. Pero también hogares deshechos por padres "pasotas", que abandonaron a la primera dificultad, Necesaria autoridad. Peligrosa autoridad. Unos se pasan; otros no llegan."

Mi amigo decía: "Cualquiera rechistaba a mi padre..." Malo. Eso no es ser padre; eso es ser… un mariscal. Eso no es educar; es domar: hacer hijos asustadizos, dependientes. La excesiva autoridad paraliza. ¿Cómo van a aprender los hijos a tener iniciativa, a guiar su vida, a ser autónomos, si no se les da ocasión de ensayar, si todos los caminos se les dan trazados... y ¡ay, si te atreves a torcerte un milímetro! Ya digo: hijos inseguros, tímidos, dependientes, faltos de iniciativa, con poca -o ninguna- autoestima, que mañana no se atreverán ni a respirar, aunque piensen todo lo contrario que el jefe, que el padre o que el amigo. Formados para obedecer órdenes precisas, en una palabra; pero no para iniciar nada por ellos mismos, no para caminar con seguridad por la vida. Chicos y chicas que sufrirán mucho en su vida.

Autoridad amorosa, que acompaña a los hijos hacia la autonomía, hacia la madurez, hacia la libertad de caprichos, de egoísmos, de instintos, de "lo que le pide el cuerpo", o el sentimiento. Esa es la buena, la que hay que ejercer. Lee esto de Carlos Días: "La fuerza de mi cariño te ayuda a que tú te conviertas en autor de tus propios actos libres... asumiendo y superando el miedo iniciático que el ejercicio de esa misma libertad produce; quien sabe entregarse con cariño se convierte para ti en autoridad, palabra que procede del verbo latino augeo [que significa crezco] (de ahí, auge y aupar), cuyo pretérito perfecto es auxi (de donde se deriva auxiliar...) y cuyo supino es auctum (auctoritas), del cual surge ya autoridad. Sólo es deseable la autoridad que auxilia, la que sirve, la que aúpa, la que te eleva sobre sus propios hombros; esto no impedirá que ella sepa decirte en su momento prudencial una palabra dura, pero sin aspavientos ni histerias, con buenas maneras aunque con firmeza".(Carlos Díaz)

Pero está el polo opuesto: no mandar nada, transigir en todo, olvidando que el niño necesita y quiere la autoridad. Para adquirir seguridad. Porque le tranquiliza. El niño necesita aprender a tener límites en sus actuaciones y dónde están los límites. Por eso, saber decir "hasta aquí", "por aquí". Y no ceder al chantaje del pataleo, o de la discusión, o del dar largas, o... de la carantoña. Y menos, dar veinte órdenes seguidas y olvidarse después de si se cumplen o no. Me decía un muchacho, al que estaba tratando: - “Mi padre mandaba por mandar, no para que le obedeciéramos. Llegaba del trabajo, soltaba una ristra de órdenes seguidas, se marchaba... y si te he mandado no me acuerdo: nunca supo si habíamos hecho caso o no”.

Así era aquel muchacho ahora. Los padres decían que no les obedecía en nada, que ya le podían decir, que era un "pasota"..., etc. -“Parece que no escucha- se quejaban los padres”.

Era lo que había aprendido. A actuar así le había enseñado su padre con su modo de mandar.

Amigos: mandar, sí; pero pensar lo que se manda; pocas órdenes y firmes. Y exigir que se cumplan. Y mandar amorosamente, maduramente, no movidos por el buen o mal humor del momento. Mandar "con cabeza", vamos.


Artículos:
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  • La bondad hará progresar el mundo
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  • La parábola de las rosas
  • Vivir cara al futuro
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  • Otra vez la autoridad
  • "Sacar adelante" a los hijos
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  • A la curación por la entrega
  • Ahora hablaré de mí
  • Los padres y el sentido a la vida
  • ¿Hombres de carácter o juguetes de los caprichos?
  • Amar a los hijos no es transigir en todo y no negarles nada
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  • Paso la palabra. Para meditar cada día
    Para contactar con Jesús Aniorte mandar un email a aniorte@totana.com
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